La villa de Esteco desapareció tras el sismo de 1692 en Salta; la tragedia marcó la memoria y alumbró la devoción del Milagro
El 13 de septiembre de 1692 un terremoto de magnitud siete sacudió el noroeste y cambió para siempre el mapa humano y urbano de Salta. La villa de Esteco, situada junto al río Pasaje y famosa por su comercio en el Virreinato del Perú, fue el asentamiento más golpeado y desapareció del registro colonial.
Antes del desastre, la ciudad vivía un auge económico que la convirtió en un nodo clave de las rutas comerciales. Los cronistas y la memoria popular hablaron de riqueza, ostentación y corrupción moral; circuló la versión de que aquel exceso provocó la ira divina, una interpretación mítica que complementó el relato histórico del sismo.
En la tarde fatídica la tierra se abrió: grietas recorrieron los barrios de adobe y, por efecto de la licuefacción, el terreno tragó construcciones enteras. Murallas y templos se vinieron abajo; el barro y los escombros sepultaron a muchos vecinos, mientras la magnitud de la destrucción hizo inviable cualquier intento de restauración y la ciudad quedó abandonada.
Los pocos que salvaron la vida hicieron abandono definitivo del sitio; se disgregaron y buscaron refugio en estancias y poblados vecinos. Con el tiempo la vegetación y los depósitos aluvionales ocultaron las ruinas, y la huella urbana pasó a ser un vestigio casi perdido hasta los trabajos arqueológicos modernos que recuperaron pistas sobre su trazado original.
Del desastre al Milagro
La misma onda sísmica dañó con severidad la ciudad de Salta: edificios colapsaron y la población, aterrada, salió a la calle con imágenes religiosas. Aquella procesión del Cristo crucificado y la Virgen fue entendida como intercesión protectora; la devoción popular consolidó la festividad del Señor y la Virgen del Milagro, que aún hoy moviliza a la provincia cada año.
Hoy la historia de Esteco convive con leyenda: los archivos coloniales aportan datos sobre su riqueza y su trama urbana, mientras el relato popular insiste en una moraleja divina. Esa mezcla alimenta la curiosidad historiográfica y el imaginario regional, y convierte la desaparición en un episodio emblemático de la relación entre naturaleza y sociedad en el siglo XVII.
El 13 de septiembre de 1692 no solo demolió construcciones: borró una trama humana, obligó a migraciones internas y dejó una marca en la memoria colectiva salteña. La desaparición de Esteco sigue siendo recordada como ejemplo de la fuerza telúrica y de cómo un desastre puede transformarse en rito, mito y objeto de estudio histórico.
Fuente: Radio Mitre








