Especialistas confirman que esta cepa de hongos es más virulenta y resistente a fármacos comunes, exigiendo largos tratamientos para lograr la cura total.
Un cambio profundo en la forma de contagio
A diferencia del clásico hongo asociado a la «enfermedad del jardinero», que suele ingresar por cortes accidentales con plantas, la variante brasileña encontró en las garras y secreciones de los gatos una vía de entrada masiva. Este fenómeno ocurre porque el hongo demuestra un dimorfismo térmico: vive como filamento en el ambiente a 30 grados, pero se transforma en una levadura sumamente agresiva al ingresar al tejido vivo a 37 grados.
Cómo identificar los síntomas en mascotas y humanos
En los gatos, la enfermedad se manifiesta con heridas que no cicatrizan, localizadas frecuentemente en la cara, la nariz y las orejas. Es común observar costras, zonas sin pelo y, en estadios avanzados, dificultades respiratorias o estornudos frecuentes que indican que el hongo ha invadido las vías aéreas. Estos animales se convierten en focos de infección silenciosos si no se detectan a tiempo.
El desafío de un tratamiento prolongado
El diagnóstico temprano es fundamental para evitar complicaciones graves. Sin embargo, la recuperación es lenta y puede extenderse desde unas pocas semanas hasta cuatro meses de medicación diaria con antifúngicos como el itraconazol. Un riesgo creciente es la aparición de cepas que muestran resistencia variable a los fármacos habituales, lo que obliga a los médicos a monitorear de cerca la evolución de cada paciente.
Para prevenir la propagación, se recomienda evitar que los gatos domésticos tengan contacto con animales callejeros y usar guantes o protección facial al manipular mascotas con lesiones sospechosas. La vigilancia epidemiológica en las fronteras y el control veterinario riguroso son las únicas herramientas efectivas para contener este avance regional.
Fuente: Los Andes











