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Advierten que los noctámbulos viven menos

Un nuevo estudio reveló que tienen 10% más de probabilidades de morir por distintas causas. También tienen mayor riesgo de desarrollar enfermedades.

 

Según un nuevo estudio, los trasnochadores viven menos: tienen un 10% más de probabilidades de morir por diferentes causas. El riesgo de enfermedad también aumenta: se duplican las probabilidades de desarrollar un trastorno psicológico, aumenta en un 30% el riesgo de diabetes y en un 23% y 22% el de enfermedad respiratoria y gastrointestinal, respectivamente.

Los investigadores de la Universidad de Northwestern han llegado a esta conclusión tras seis años de observación de la salud y causas de muerte de más de cuatrocientos mil adultos de edades comprendidas entre los 38 y los 73 años.

Este riesgo de mortalidad en los tipos nocturnos se debe, según sus conclusiones, a factores de riesgo conductuales, psicológicos y fisiológicos, muchos de ellos relacionados con un desequilibrio entre el momento fisiológico interno y el externo asociado al tiempo de trabajo o la actividad social.

Existen muchos estudios que relacionan el cronotipo, es decir, el hecho de que seamos más matutinos o más vespertinos, con la genética. Sin embargo, María Molina, del Departamento de Neurología del Hospital Rey Juan Carlos, puntualiza que las bases genéticas del insomnio todavía son en su mayoría desconocidas.

Sí se sabe, sin embargo, que muchos trastornos del sueño responden a razones laborales, debido a la necesidad de compaginar trabajo y estudio o a los cambios de turno; también afectan los viajes transmeridianos (y su consecuente jet lag), los fármacos (tanto por sus efectos secundarios como por los tiempos de administración) y el consumo excesivo de alcohol, cafeína y otras bebidas energéticas, como señala la neuróloga.

La doctora confirma que alterar el ritmo del sueño tiene consecuencias nocivas en la salud: “El sincronizador ambiental más potente del ciclo circadiano vigilia-sueño es el ciclo luz-oscuridad. Una alteración del mismo (provocada por una tendencia a la vigilia durante la noche y el sueño durante el día) provoca una desincronización de ambos ciclos, que a su vez se traduce en una alteración de diferentes funciones biológicas (variaciones en la temperatura corporal, en la frecuencia respiratoria y cardíaca, en la presión sanguínea, en la capacidad de aprendizaje y retención de nueva información, etc.)”.

Añade, además, que las alteraciones del ritmo cardíaco están relacionadas con un empeoramiento en el rendimiento cognitivo, la aparición de alteraciones anímicas (ansiedad, depresión) y un aumento del riesgo cardiovascular debido a la mayor probabilidad de desarrollar factores de riesgo vascular como hipertensión arterial, diabetes mellitus u obesidad.

El insomnio, el trastorno del sueño más frecuente, es un problema para quien lo sufre desde el momento en que dificulta o afecta a la realización de tareas o actividades diarias correcta o normalmente y puede derivar en todos los problemas físicos ya mencionados, pero además es un asunto de salud pública: afecta a un 15% de la población y en mayor proporción a los países industrializados, mujeres y personas de mayor edad. Todo ello sugiere la necesidad de investigar posibles intervenciones dirigidas a modificar los ritmos circadianos en individuos o a permitir que los tipos nocturnos tengan una mayor flexibilidad horaria.

Debido a que generalmente están implicados el entorno social, laboral y familiar, algunos médicos abordan los tratamientos desde una perspectiva multidisciplinar, pensando en el enfermo más que en la enfermedad en sí y procurando no ceñirse a los recursos farmacológicos exclusivamente, que combinan con otras técnicas como, por ejemplo, la terapia cognitivo-conductual.

De acuerdo con María Molina, dependiendo del factor exógeno que altera el ciclo de sueño, las recomendaciones varían. Como medidas generales, propone mantener un horario regular de sueño (acostarse y levantarse a la misma hora cada día), reducir el consumo de café, té o bebidas energéticas o limitarlas a las primeras horas del día, evitar el consumo de alcohol, sobre todo por la tarde y noche y realizar ejercicio físico de forma regular, aunque a ser posible no justo antes de la hora de irse a dormir.

La experta recomienda asimismo buscar un espacio físico adecuado para dormir (cuarto oscuro, sin ruido), evitar el uso de teléfonos móviles, tabletas o dispositivos electrónicos en la media hora antes de ir a la cama, realizar ejercicios de relajación que ayuden a conciliar el sueño al acostarse y, finalmente, si se presenta ansiedad o depresión que pueda estar contribuyendo a la alteración del ciclo del sueño, recurrir a la terapia psicológica.