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El asesinato de Saleh anticipa una escalada más sangrienta del conflicto

La muerte de Ali Saleh desequilibra el balance de fuerzas. El enfrentamiento de fondo entre sauditas e iraníes.

 

Es difícil entender la guerra en Yemén y el asesinato de Ali Saleh sin enlazar esos hechos con el sordo conflicto entre Irán y Arabia Saudita por el predominio regional.

Durante 130 años, el imperio británico ocupó toda la zona. Se desentendió del norte y dividió el sur entre jeques y otros jefes tribales. Cuando Londres se retiró, los socialistas del sur hicieron su república amparados por la ex URSS. El colapso del Kremlin soviético dejó al sur huérfano de respaldos. El vacío fue rápidamente ocupado por Teherán, que vio una ocasión de perlas para poner un pie en la península dominada por sus adversarios sauditas en la comunidad musulmana.

Ali Saleh, un ex oficial del Ejército, fue elegido presidente de Yemén del Norte en 1978 y se convirtió en 1990 en un artífice de la unificación con el sur. Pero nunca cayó bien en Irán y tampoco en la milicia de los hutíes, que tiene lazos religiosos con el islam shiíta que domina entre los persas. Una razón del recelo es conocida: Saleh siempre estuvo cerca de EE.UU. en la lucha regional contra Al Qaeda.

Multimillonario, con intereses en las refinerías yemeníes y en la aduana cuando el país era el principal puerto de la península, Saleh gobernó Yemén por 34 años. Al estallar la Primavera Arabe debió ceder el poder en 2012 a su vice, Abd Hadi, quien de inmediato se recostó en Riad.

No fue casual esa división en la cúpula del poder yemení, mayoritariamente dominado por clanes tribales. Es que, en esa época, a raíz del lento pero persistente repliegue del EE.UU. de Barack Obama de la volátil región de Oriente Medio, tanto iraníes como sauditas hallaron un terreno más libre para imponer su hegemonía. Lo que pasa en Yemén es un ejemplo de lo que se llama “guerra proxy”, es decir, un conflicto subsidiario en el que dos enemigos luchan entre sí a través de terceros. Aunque Teherán lo niega, los hutíes lograron de los persas respaldo financiero y armas. Es abierto, sin embargo, el apoyo que la monarquía saudita brinda a la coalición, liderada por los Emiratos Arabes Unidos, para combatir a la milicia shiíta que ha venido ganando terreno desde el inicio de la guerra civil en 2015.

A Teherán le interesa Yemén, ante todo, porque ocupa geográficamente la base de la península arábiga, centro del poder del régimen ultraconservador waabita de Riad. Desde hace unos meses, la monarquía atraviesa notables cambios. El príncipe heredero, Mohamed bin Salman, barrió de adversarios la corte con una purga digna de las mil y una noches; intentó sin éxito sofocar al reino de Qatar por sus negocios con los bazaaris de Teherán; y buscó forzar la renuncia del presidente del Líbano para esmerilar el delicado equilibrio político interreligioso en ese país, donde el grupo proiraní Hezbollah es un hegemón de peso. Pero sus aliados occidentales le mostraron al impetuoso príncipe los pésimos efectos de ese puñado de ideas y debió retroceder. En todos esos expedientes, el triunfador silencioso fue Irán.

Distinta parecer ser la ecuación ahora, sin embargo. Con un país en ruinas y las disputas por las refinerías petroleras en alza, las viejas vendettas han resurgido. El asesinato de Saleh desequilibra el balance de fuerzas sobre el terreno y podría acabar aislando a la milicia hutí. Anoche mismo la coalición saudita lanzó un feroz bombardeo sobre sus posiciones, aprovechando la desaparición de Saleh.

Lo que precipitó el final del anciano presidente fue su disposición a negociar con Riad. El gesto no debería sorprender. Aliados incómodos por años, Saleh libró en el pasado siete guerras contra los hutíes, nunca fue un hombre de Irán y, según su historia previa, las fidelidades sostenidas siempre le resbalaron: fueron como el agua sobre las plumas de un pato.

Aquella pirueta de Saleh fue saludada por Riad con el llamativo silencio de Teherán. La disolución de la alianza rebelde supone un vuelco enorme en Yemén. El problema es que quizás no sea el mejor.

 

 

 

 

Fuente: Clarín