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Lucrecia Martel, una directora que desconcierta y estremece a sus seguidores

The New York Times entrevistó a Lucrecia Martel en su casa en Buenos Aires. "Las comedias románticas son mis enemigas", dijo. Cuando la cineasta argentina Lucrecia Martel expresa su admiración por los directores que desafían la realidad, podría estar hablando de sí misma.

 

Aunque son los cinéfilos quienes la conocen más, muchos consideran a Martel como una directora magistral de su país, incluso de América Latina. En un ensayo sobre su primera obra, La ciénaga, el académico argentino David Oubiña la alabó como “una obra que, desde el comienzo, ha irradiado una extraña perfección”.

Zama, el nuevo filme de la directora de 51 años y el primero en casi una década, ha tenido una recepción igualmente buena: Manohla Dargis de The New York Times comentó que programaría el drama histórico como parte de su “festival de ensueño” y Xan Brooks de The Guardian lo llamó espectacular: “una obra maestra poco convencional”.

En sus películas anteriores, Martel —quien, con su atuendo informal, cabello largo y enormes gafas con forma de ojos de gato, casi podría pasar por una estudiante universitaria— se había centrado principalmente en las relaciones familiares. Sin embargo, no se ve a sí misma como una realizadora de películas para mujeres. “Las comedias románticas son mis enemigas”, dijo en entrevista unos días después del debut de Zama en el Festival de Cine de Nueva York a finales del año pasado.

Dada la originalidad de su estilo oblicuo, su fascinación por las familias numerosas que raya en el documental y su gusto por retratar la inercia provinciana, Martel emociona y confunde al mismo tiempo a los espectadores. Sus películas vívidas y elusivas son fragmentarias y contemplativas, agitadas y entrópicas en la misma medida, y están habitadas por personajes propensos a los accidentes que se destacan por su falta de conciencia de sí mismos.

Resulta tentador atribuir a su propia experiencia la intimidad y la facilidad para dirigir al reparto. La cineasta fue criada en Salta, una ciudad ubicada en el noroeste de Argentina, a los pies de los Andes y al borde de la selva; tiene siete hermanos y explicó que fue la hija que estuvo a cargo de realizar las películas caseras de su próspera familia.

Sus largometrajes de la llamada Trilogía de Salta —La ciénaga, que afincó su reputación cuando se estrenó en el Festival de Cine de Berlín del 2000; al igual que La niña santa y La mujer sin cabeza, que debutaron en competencia en Cannes— son dramas domésticos fríamente cómicos y, por momentos, horripilantes. Sus historias se desarrollan como si estuvieran en un invernadero a partir de una serie de frases que se repiten y microincidentes que no parecen estar relacionados.

La niña santa (2004), que se desarrolla principalmente en una convención médica realizada en un ruinoso hotel familiar, detalla la misión de una adolescente que busca redimir al doctor de mediana edad que, en medio de la multitud, restregó su cuerpo contra el de ella. La mujer sin cabeza (2009) tiene que ver con la reacción de una matrona adinerada a un accidente automovilístico en el que ella podría o no haber golpeado algo o a alguien.

Martel evita establecer el contexto de una escena ya que no muestra las relaciones que hay entre los personajes y, a veces, al cambiar el plano donde ocurre la acción, favorece transiciones abruptas. Sus encuadres distorsionados y uso del enfoque pueden ser perturbadores, pero ella los atribuye astutamente a su miopía. Su película formalmente más radical, La mujer sin cabeza, es deliberadamente confusa, ya que coloca al espectador en los zapatos de su desconcertada protagonista.

El cine de Lucrecia Martel emociona y confunde al mismo tiempo a los espectadores. Sus películas vívidas y elusivas están habitadas por personajes propensos a los accidentes. Credit Diego Levy para The New York Times

Después de las películas de la trilogía de Salta, Martel decidió cambiar de tema. Su siguiente proyecto fue una adaptación de la novela gráfica de Héctor Germán Oesterheld, El eternauta, una fantasía de ciencia ficción que critica el autoritarismo argentino a través de un escritor que aparentemente fue asesinado por el régimen durante la guerra sucia de mediados de los setenta y principios de los ochenta. Por ser alguien que creció en esos años, Martel describió el periodo como una versión más siniestra de sus películas: “Las cosas sucedían sin explicación, en especial para un niño”, dijo, haciendo mención de autos misteriosos, manchas de sangre e incluso cuerpos en la calle.

Tras dos años de desarrollar el guion, sin contar con financiamiento garantizado ni con los derechos de autor necesarios, Martel abandonó El eternauta. Fue entonces cuando descubrió la novela de Antonio di Benedetto de 1956, Zama, que permaneció intacta en su repisa durante cinco años, antes de que se la llevara a un viaje por el río Paraguay, donde ocurre buena parte del libro. Cuando se le preguntó si le pareció que había tela para una película, respondió en inglés: “Immediately!”.

Si la obra anterior de Martel desafiaba la realidad, Zama —un drama de época que se desarrolla a finales del siglo XVIII, con un presupuesto de 3,5 millones de dólares, modesto aunque es más del doble del utilizado en La mujer sin cabeza— es una película en la que la directora se desafió a sí misma. Pasó cuatro años escribiendo el guion y reuniendo fondos (ocho países ayudaron a producir la película; entre sus muchos coproductores están Pedro y Agustín Almodóvar, Gael García Bernal y Danny Glover). La grabación, que duró poco más de dos meses, fue penosa y estuvo azotada por el mal tiempo; la posproducción se retrasó por su enfermedad (Martel comentó que recibió tratamiento contra el cáncer y en este momento está en remisión).

Zama, la primera cinta de Martel filmada digitalmente, además de su primera película ambientada afuera de Salta, la primera de época y su primera adaptación, también es la primera cuyo personaje principal es un hombre aunque, como ella señala, el frustrado don Diego de Zama, un funcionario de la Corona española nacido en América del Sur y apostado en un remoto páramo paraguayo, se parece a muchos de sus personajes femeninos. El actor mexicano Daniel Giménez Cacho es quien interpreta a Zama, un hombre de provincia confundido, frustrado, engañado y aferrado a un precario sentido de superioridad cultural.

Al ser un drama kafkiano sobre un hombre incapaz de lograr que lo transfieran, Zama comparte el desarraigo y el letargo característicos de la Trilogía de Salta. Sin embargo, el fantasioso movimiento final de la película, que resulta desconcertantemente hermoso y a ratos sobrenatural, recuerda las aventuras de Werner Herzog como Aguirre, la cólera de Dios y Fitzcarraldo. Para Martel, eso no es un cumplido. “Sus películas me molestan”, dice, haciendo mención de lo que considera es “su tratamiento irresponsable de los animales y los indígenas”.

El veterano crítico de cine argentino y director de un festival de cine Eduardo Antin, quien escribe bajo el pseudónimo Quintin, hizo notar que, aunque fiel a la novela de Di Benedetto, Martel hizo que el material fuera “congruente con sus intereses políticos” al llevar “el trasfondo al primer plano”.

Di Benedetto se centraba en Zama y su entorno con aspiraciones europeas e ignoraba en su mayoría a la gente y los indígenas esclavizados por la colonia. Martel incluye africanos e indios, principalmente mujeres, en casi cada cuadro. La historia de Zama también es la suya. “Un cambio como ese requiere una enorme voluntad y un pensamiento concreto”, escribió Antin en un correo electrónico. También sirve para montar el horripilante final al estilo de El corazón de las tinieblas, de Conrad.

Martel espera regresar a Salta, donde ha estado trabajando en un documental sobre Javier Chocobar, un activista indígena asesinado en una disputa agraria en 2008. “La historia de nuestro país está rota”, dijo, refiriéndose a la identificación argentina con Europa. “Es conflictiva para todos los hombres blancos” y resulta fundamental para entender al antihéroe existencial de Zama.

The New York Times