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Hace 80 años, Guernica moría arrasada por las bombas nazis

En plena Guerra Civil Española, los aviones alemanes e italianos destruyeron Guernica, la “Ciudad Santa” de los vascos, porque allí los Reyes de España juraban defender las libertades de Euskadi. El dictador Francisco Franco, que tuvo un apoyo extraordinario de Adolf Hitler y Benito Mussolini, estaba furioso porque en su ofensiva al norte, después de fracasar en Madrid gracias a la lucha heroica de sus habitantes y las brigadas internacionales, quería cerrar la frontera con España.

 

Pero los “gudaris” (combatientes vascos) apoyados por la población resistían con encono. Se decidió entonces dar un escarmiento a los resistentes y, además, probar los “bombardeos totales” como querían los alemanes e italianos, que desplegaban su Legión Cóndor y la aviación regular fascista que sembraron muerte y destrucción a una España, que fue el primer pueblo de Europa en enfrentar al nazi-fascismo con las armas en la mano.

El enorme impacto internacional que causó el aplastamiento e incendio de Guernica inspiró a Pablo Picasso, a quien el gobierno republicano había encargado un cuadro para el Pabellón español de la Exposición Universal de París. El martirio de la ciudad vasca inspiró de inmediato a Picasso, que pintó el más famoso cuadro del siglo XX, un icono de las tragedias que se sucedieron en el Viejo Continente.

Pero en contra del actual relato, la destrucción total de poblaciones para sembrar el terror a través del genocidio no comenzó en Guernica sino en Durango y Eibar, unos días antes. Solo los aviones italianos destruyeron Durango y Eibar, con el “bombardamento a tapeto”, (alfombrado). El odio se enciende entre los vascos cuando recuerdan que, después de los bombardeos devastadores, la aviación italianaametrallaba a los civiles que buscaban refugio. Repitieron estas barbaridades en la vecina Guernica, el 26 de abril de 1937, un día que vivirá en la historia de la infamia, como dijo Roosevelt.

En varios aniversarios que cubrió como enviado de Clarín, este corresponsal recogió numerosos testimonios de personas, muchas de las cuales ya han fallecido. Ahora los volvemos a evocar.

“Pasadas las 3 y media de la tarde, vi el avión de reconocimiento que daba vueltas sobre la ciudad volando bajo. No había peligro. No teníamos nada para defendernos contra la aviación. Ni armas antiaéreas, ni sistemas de alarmas adecuado, ni refugios buenos. Los que se cavaron rápidamente después del bombardeo y destrucción de Durango y Eibar estaban sin terminar”, explicó a Clarín Pablo Izaguirre Hormaechea. Pablo era monaguillo de Santa María, ubicado sobre una pequeña loma en el corazón de la ciudad.

“Vi el avión pero no le hice mucho caso porque siempre volvía después del mediodía”, explica Luis Iriondo, 89 años. Entonces, hace 80 años años, Luis tenía 14 años y el 26 de abril estrenaba pantalones largos, el adiós a la niñez.

De pronto las campanas de Santa María comenzaron a repicar y las siguieron oros templos. “Era un sonido tremendo, desesperado, que alertaba un ataque aéreo. Alguna fábricas comenzaron a hacer zonas sus sirenas”, recuerda Luis.

Pablo Izaguirre, el monaguillo de Santa María evoca: “Debían sonar las alertas cuando desde el monte Aixelrrota, frente a la Iglesia, unos gudaris (soldados vascos) hicieran flamear unas banderas de advertencia. No tenía ni teléfono” Los “gudaris” se agitaban porque se echaban encima de la pequeña ciudad un enjambre de aviones. Eran la legión Cóndor de la Alemania Nazi y aviones italianos, cortesía de Benito Mussolini. Aparatos modernos cargados de bombas “rompedoras” y otras incendiarias, de fósforo. Ambos efectos combinados generaban una ola de fuego totalmente destructivo.

Hermman Goering en el juicio de Nuremberg, destacó que “aprendimos mucho en Guernica sobre cómo destruir una ciudad por completo”.

La ciudad tenía que ser destruida, no por su valor militar como lo demostró el hecho de que el puente hacia Rentería y las tres fábricas de armas, pistolas para los “gudaris”, no fueron tocadas por las bombas. El valor del “Vaticano de los vascos” era espiritual. Bajo el tradicional Árbol de Guernica, los Reyes españoles juraban los fueros (derechos) como Señores de Vizcaya. Es el símbolo de las libertades vascas.

La destrucción de Guernica después de más de tres horas de constantes bombardeos, y el testimonio de varios corresponsales británicos y franceses, hizo explotar la indignación mundial contra Franco, al que los vascos hacen principal responsable de la tragedia por haber autorizado y coordinado la operación de la masacre.

La explicación franquista fue ridícula, tanto como cuando fue asesinado Federico García Lorca, en Granada. Esta vez los “rojos separatistas” vascos habían incendiado la ciudad, especialmente los pérfidos bomberos que no tenían agua para apagar los incendios.

El invento incluía la colaboración de dinamiteros asturianos (no había ninguno). Además de los periodistas, varios sacerdotes, que se portaron heroicamente asistiendo a los heridos, deshicieron la patraña del franquismo.

“La verdad es que el General Mola, jefe franquista del ataque al norte, y Franco, se enfurecieron por la resistencia de los vascos, que en su mayoría eran muy católicos, pero apoyaban a la República que reconocía sus derechos nacionales”, explica Pablo.

“Me metí en una galería que ahora llaman refugio pero no tenía ni tomas de aire. Nos agachamos hasta encontrar un poquito de aire. Al final dijeron que se había terminado el bombardeo y salí”, recuerda.

Pero había pasado menos de media hora. “Quería rezar y no podía. Señor mío Jesu....bbbrooom, una bomba. Y así varias veces. Después volví cuando se reanudó el bombardeo y me quedé en la puerta donde se respiraba mejor. Teníamos terror de quedar enterrados vivos. La gente gritaba porque el ruido era ensordecer, a veces una explosión cercana hacía temblar todo. Y las llamas por todos lados. Cuando salí y me uní a mucha gente, que no paraba de gritar. Vi a los aviones italianos que iban muy bajo ametrallando a los civiles en los que había mujeres, niños y viejos. Los destrozaban”, recuerda.

 

 

 

 

Fuente: Clarín